23 de mayo de 2014

San Pablo

No sabemos como era físicamente San Pablo, aunque Eusebio de Cesarea, en su obra Historia eclesiástica nos habla que existían representaciones de Cristo con los apóstoles Pedro y Pablo, y hasta nosotros han llegado algunas representaciones del siglo I. Dos descripciones del apóstol, los “Hechos de Pablo y Teclea” y Nicéforo en su Historia Eclesiástica, nos le presentan bajo de estatura; el seudo Crisóstomo lo llama el hombre de los tres codos. Tenía las espaldas anchas, algo calvo, de nariz ligeramente aquilina, cejas corridas, barba gruesa, complexión armoniosa y maneras agradables y afables. Sufría de una enfermedad que es difícil de diagnosticar. A pesar de esta enfermedad dolorosa (2Cor. 12, 7-9; Gal 4, 13-14), y de que su presencia no era imponente (2 Cor 10, 10), Pablo poseyó una resistencia física fuera de lo común, lo que nos explica que pudiese aguantar las múltiples dificultades de todo tipo que tuvo que soportar en sus actividad apostólica. Algo que llama la atención en Pablo es que “Se complace en sus debilidades, porque cuanto más débil soy, soy más fuerte” (2 Cor 12,10). Estaba convencido de que su fuerza venía de Dios y que con sus sufrimientos suplía lo que faltaba a la pasión de Cristo.

Todo de lo que presume y todos los títulos que se arroga no le han venido gratuitamente, sino que “lleva marcadas en su cuerpo las señales de Jesús, el Señor”, (Gál 6,17). La identificación con Jesucristo no es puramente ideal sino que puede mostrar con orgullo en su cuerpo las señales de los sufrimientos: “Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez.” (2Cor 11, 23-27). 

En San Pablo nos encontramos con un hombre fascinado, enamorado de la persona de Cristo. Encontrarse con Jesús Resucitado, a quien el daba por muerto, fue la experiencia más decisiva de su vida. A partir de este encuentro siente la necesidad de evangelizar: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1Cor 9,16); “Me empuja el amor de Cristo” (2 Cor 2,14). A partir de su conversión Pablo, y a pesar de los obstáculos que tuvo que vencer, fue un predicador de Jesucristo. Está convencido que su vocación es dar a conocer a Cristo, muerto y resucitado, a todos aquellos que no le conocen, judíos o gentiles, y como tal se considera apóstol de los gentiles, a los que suele llegar a través de los judíos de la diáspora a los que se dirige en los lugares por donde pasa.



Si a veces se ha acusado a Pablo de traición al judaísmo, siempre se sintió orgulloso de pertenecer al pueblo judío, otras se le ha acusado de ser el inventor del cristianismo, en cuanto que habría desfigurada el mensaje de Jesucristo al sustituir el anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús por la predicación de Jesucristo, al que habría conocido por una revelación directa del mismo Jesús. Pero si Pablo no inventa a Jesús, ni inventó el cristianismo, si que tiene una gran influencia en éste ya que hizo posible que no quedase reducido a un mero apéndice del judaísmo, sino que, trascendiendo los límites étnicos y nacionales, se convirtiese en una religión universal que anuncia la misericordia y la gracia de Dios para toda la humanidad.

Algo que llama la atención es que Pablo, tanto el celoso fariseo, como el apóstol de Jesucristo, es un apasionado de la Verdad que, desnuda de todo adorno humano, la predica a tiempo y destiempo. Antes de su conversión estuvo convencido de que la verdad estaba en ley judía y como tal actuó, incluso oponiéndose al naciente cristianismo en cuanto desfiguraba y desmembraba dicha verdad, así como la comunidad asentada en la misma. Fue, y no lo niega, un fariseo convencido: “Hebreo e hijo de hebreo; en cuanto a la Ley fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable”.

Este hombre celoso de la ley dio un cambio radical a partir de la experiencia que tienen en Damasco, lo que él interpreta como una gracia de Dios. A punto de llegar a la ciudad de Damasco queda cegado por la luz de Cristo y tirado por tierra. No vio el rostro de Jesús, sólo oyó su voz: “¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues? Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Saulo, Pablo, que creía que Jesús estaba muerto, y bien muerto, y que su fin sobre la cruz había sido la señal del rechazo de Dios para su obra, se encuentra con que Jesús vive y se identifica con su Iglesia, y es que la persecución contra los cristianos alcanza al mismo Cristo.

A partir de este momento, la verdad es Cristo, y en darla a conocer dedicará el resto de sus días, algunos ha dicho que de 68 años que vivió, 35 de ellos los dedicó al servicio de Jesucristo, el cual se convierte en el centro de su predicación, sobre todo en los momentos decisivos de la salvación, en la cruz y en la resurrección, que se convierten en los pilares fundamentales del evangelio. Esto es lo que nos explica que, a pesar de que algunos pretendan negárselo, se tenga por apóstol, testigo de Cristo resucitado: “nunca entre vosotros me precié de saber otra cosa que a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado”. Se siente siervo de Jesucristo, a quien debe su libertad y a quien se siente sometido, pues ha sido llamado por él para anunciar el evangelio de Dios, de aquí que se considere “administrador de los misterios de Dios”, llamado a anuncia la palabra de Dios, a llevar el mensaje de la reconciliación y a distribuir los tesoros de Dios a los hombres.

Y a raíz del descubrimiento de la verdad que es Cristo, descubre su concepción del hombre que, creado a imagen y semejanza de Dios, es recreado en Cristo (Ef 1, 3-14). Para Pablo este ha sido siempre el anhelo de Dios, que no quiere que seamos simplemente creaturas, sino que quiere elevarnos a la condición de ser sus hijos.

Javier de la Cruz