19 de junio de 2013

¿Se contagian las periferias?



        ¿Se contagian las periferias? Hace mucho que medito sobre ello. ¿Por qué nos cuesta tanto a todos detenernos de veras en el camino para ponernos en la piel de quien sufre, entrar en comunión con él y ver que es de justicia ayudarle? ¿Por qué las personas que más lo hacen suelen ir yendo de infortunio en infortunio y dejan de ser “triunfadores” (según el concepto del mundo) si es que algún día lo fueron? ¡Qué paradójico que en la vida sucede casi siempre que, cuando nos ponemos a mendigarle a Dios por esto o por aquello, Él nos responde a su vez con una petición. Es lo que Rabindranath Tagore reflejaba en su bello poema incluido en la colección Gitanjali:
“Había estado pidiendo de puerta en puerta por la calle de la ciudad, cuando desde lejos apareció una carroza de oro. Era la del hijo del Rey. Pensé: ésta es la ocasión de mi vida; y me senté abriendo bien el saco, esperando que se me diera limosna sin tener que pedirla siquiera; más aún, que las riquezas llovieran hasta el suelo a mí alrededor. Pero cuál no fue mi sorpresa cuando, al llegar junto a mí, la carroza se detuvo, el hijo del Rey descendió y extendiendo su mano me dijo: «¿Puedes darme alguna cosa?». ¡Qué gesto el de tu realeza, extender tu mano!... Confuso y dubitativo tomé del saco un grano de arroz, uno solo, el más pequeño, y se lo di. Pero qué tristeza cuando, por la tarde, rebuscando en mi saco, hallé un grano de oro, solo uno, el más pequeño. Lloré amargamente por no haber tenido el valor de dar todo.”
            Efectivamente, Dios nos espera en la persona del necesitado para que, haciéndonos la ilusión de ser nosotros los que damos, recibamos de Él grandes gracias. Son las que acompañarán a nuestro nuevo rumbo de vida tras haber optado por el amor.

         El Beato P.Damián de Molokai, tras atender a los leprosos de esa isla, de quienes nadie se atrevía a hacerse cargo, contrajo la lepra. Los discípulos que siguieron al Señor, sufrieron persecución y sufrimientos. Son las marcas de la crucifixión, joya preciada que Jesús obsequia a los que le siguen.
     “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de la familia llamaron Beelzebub, ¿cuánto más a los de su casa?” (Mt 10: 24,25).
      Según el mundo, una locura, pero para Dios, síntoma de bienaventuranza:
       “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.” (Mateo 5,1-12)
                   No, no es masoquismo porque la historia no termina aquí. Después, Jesucristo resucitó triunfante y admitirá en su Gloria a todos los que le hayan seguido por el camino de la cruz:
         "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?". (Lc 9, 23-25)
                  En cierto modo, Dios nos sale al encuentro en las periferias esperando que así se nos “contagien” y nos hagan aptos para su Reino:
           “ Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”(Mt 25, 33-40)
                       En la Vigilia de Pentecostés de la "Jornada con los movimientos, las nuevas comunidades, las asociaciones y las organizaciones laicales", el Papa Francisco exhortaba a la Iglesia (nosotros) "no cerrarse en la parroquia, con el movimiento, entre los que pensamos igual". Porque cuando se cierra, "se enferma".

                    Invitó nuevamente a que la Iglesia "salga de sí misma, hacia la periferia, a dar testimonio del evangelio y a encontrarse con los demás", en clara respuesta al mandato de Jesús de "Ir".

                   Y nos dijo algo aún más sorprendente:

             "Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse".
                  En efecto, quien se mezcla entre las gentes, quien encarna esa “cultura del encuentro, de la amistad, de hablar aún con los que no piensan como nosotros, incluso con otra fe, porque todos son hijos de Dios" (palabras del Papa), puede resultar también contagiado en ese espíritu del mundo en algunos momentos. Pero, él nos dice que es preferible arriesgar con tal de salvar a las almas, con tal de comunicar el Evangelio.

                  Por supuesto que pondremos los medios materiales y espirituales para conservar nuestra salud física y espiritual. Pero no hasta el punto de volvernos timoratos y, por esa causa dejar de mezclarnos entre nuestros coetáneos, para llevarles a Dios. Realizamos las mismas actividades que ellos, sufrimos los mismos contratiempos, los mismos problemas, pero lo hacemos en Dios.

                    Creo que sí, que, de alguna manera, las periferias se contagian. Dios mismo ha querido “contagiarse” de ellas y tras vernos caídos en desgracia a causa del pecado ha querido quedarse entre nosotros, con la humilde apariencia de un trozo de pan y algo de vino. Tratado como un simple “objeto”, igual que tantas personas lo son, por desgracia, en nuestra sociedad.
            ¡No temamos a las periferias, las periferias son para Dios, son de Dios!
                                                                                                                            


             Pilar V.Padial